El proceso de recuperación luego de un grave accidente y una amputación, nos enseña cómo la voluntad, un servicio médico de calidad profesional y un sistema de riesgos del trabajo eficiente, pueden salvar una vida.

 

 

Pamela tiene 29 años. A principios de 2015, cuando viajaba en tren yendo a su trabajo, sufrió un asalto y cayó a las vías.

“Estaba escribiéndole un mensaje a mi mamá; quería avisarle que esa noche iba a ir a comer a casa al salir del laburo, pero bueno…al final no llegué a ir”, nos cuenta.

En efecto, la persona que intentó arrebatarle el celular a Pamela a la altura de la estación Carapachay, la empujó arrojándola debajo de la formación. Automáticamente fue trasladada a un hospital en Vicente López. Su estado era crítico y la urgencia era salvarle la vida.

Su familia, que hasta ese momento nada sabía sobre lo que había sucedido, sintió en el curso de unos minutos, cómo su vida cambiaba para siempre.

“Estar parado ahí y ver que ningún médico se me acercaba, me ponía contento porque significaba que Pamela seguía viva”, recuerda entre lágrimas su padre.

Después de horas en el quirófano, Pamela logró salvar su vida, pero empezó un arduo camino de recuperación.

Fue derivada el Centro Médico Integral Fitz Roy al cual llegó con una amputación supracondilea en su miembro inferior derecho, una fractura inestable de pelvis, y politraumatismos severos a nivel pulmonar y abdominal. Permaneció más de un mes en terapia intensiva, donde tuvo también que hacer frente a una infección generalizada de la que pudo recuperarse.  Casi como por el capricho de quien se aferra a la vida.

Después de un mes, sólo ella y su voluntad tenían una tarea que emprender: la de empezar de nuevo. “Yo sólo quería que alguien me prometiera que iba a poder volver a andar en bicicleta. Cuando me lo prometieron, no paré hasta lograr ese objetivo”, recuerda.

En el Centro Médico Integral Fitz Roy ella encontró la asistencia que requirió su problemática en todas las instancias: primero la recuperación de lo más urgente y después, una larga rehabilitación que sigue extendiéndose hasta el día de hoy, casi diez meses después.

“El primer día que me pusieron la prótesis estaba muy ansiosa por usarla, pero ya me había olvidado de cómo se caminaba. Igual me la jugué, me solté de la barra e intenté dar un paso”, nos relata y agrega: “me caí de rodillas, pero estaba tan feliz de haber caído así…porque significaba que de nuevo tenía las dos piernas y así como me caí, me levanté”, relata emocionada.

El camino de recuperación definitiva de Pamela, habría sido mucho más arduo de no haber contado con aliados incondicionales. “En el Centro Médico Fitz Roy encontré profesionales que sobre todo son grandes seres humanos, que me mostraron compasión, que me alentaron y me atajaron cada vez que estuve por rendirme. Yo vengo contenta todos los días a rehabilitarme”.

Otro cómplice invalorable en esta tarea de volver a caminar, fue su grupo familiar. Pamela hace un fuerte hincapié en lo indispensable que fue para ella contar con el afecto y el apoyo de sus padres y hermanos, quienes no se apartaron ni un solo instante de su lado. “Jamás me dejaron sola”, destaca.

Mención aparte merece lo satisfactorio del funcionamiento del sistema de salud laboral. Lejos de frías estadísticas o normativas que parecen abstractas, el de Pamela es un claro ejemplo de cómo el sistema puede salvar una vida. Cada uno de los actores involucrados (su empleador, la ART y el servicio médico) trabajó denodadamente -cada uno en su función-  para asistir a Pamela a través de esta dura prueba a la que la vida la enfrentó. “Yo estoy muy agradecida a todos”, enfatiza.

Hoy en día, Pamela no sólo camina. Está a punto de volver al trabajo, puede andar en bicicleta y hasta baila. Su familia, la mira con orgullo. Nosotros, en el Centro Médico Integral Fitz Roy, la miramos con la satisfacción de la tarea cumplida.